Eclipse total de Sol del 12 de agosto 2026

by Sergio, 2026-08-22

"No one can be told what the Matrix is. You have to see it for yourself" -- Morpheus (The Matrix, 1999)

Los eclipses están en ese selecto grupo de fenómenos astronómicos que son conocidos por el gran público. De vez en cuando aparece en los medios la próxima "Luna de sangre" -nos va lo macabro-, o la ocurrencia de un eclipse solar en algún lugar más o menos remoto, que puede sonar a noticia de relleno. Con suerte, podremos verlo parcialmente, es decir, un Sol en forma de cruasán, pero para ello se requieren gafas una certificación especial y sin embargo con pinta de ser de juguete... en definitiva, algo para frikis.

Pero no esta vez, no. Agosto de 2026 ha traído a la Península ibérica un eclipse total de Sol.

"Un fenómeno que no ocurría desde hace más de 100 años", nos decían las breves y por entonces escasas noticias que empezaron a circular en los medios hace unos meses. En estos tiempos que corren, con clickbaits inundando las redes ("Los diez nosequé que no puedes perderte", "No te vas a creer nosecuánto", "¡Que no te engañen! Toda la verdad sobre estootro") y con los medios de comunicación tradicionales intentando competir con ellos ("Eclipse solar 2026: así lo han vivido los famosos", "Manual de supervivencia visual para el eclipse", "Cinco errores que pueden arruinarte el eclipse solar"), el público general ya no es tan receptivo a estos titulares. Y aún presta menos atención a esos datos de las noticias astronómicas, que parecen empeñarse en hacer único o excepcional algún fenómeno, solo para anunciar otro en cuestión de semanas. Y aunque esos datos sean ciertos, y no tengamos tránsitos de Venus u oposiciones favorables de Marte cada dos por tres, lo cierto es que el público está tan saturado de información de todo tipo que es difícil que preste atención a lo verdaderamente excepcional.

Y, sin embargo, es difícil competir en excepcionalidad con un eclipse solar total. Un mecanismo de relojería invisible que mueve cuerpos celestes del tamaño adecuado a las distancias apropiadas en trayectorias que se alinean de la forma precisa para que algo de tamaño inconcebible como una estrella quede tapado por una roca que en comparación es una mota de polvo y que nosotros, habitantes con el nivel justito de autoconciencia sobre otra mota de polvo, estemos exactamente en el lugar y el momento oportunos para disfrutarlo.

A la escala espacial y temporal del Sistema Solar, es una sombra que se antoja más fina que el más fino de los cabellos, que apenas roza nuestro planeta durante un instante que no llega ni a ser un suspiro. Un suspiro que dura unos pocos minutos, lo justo para que suponga un espectáculo para nosotros. Si durase una centésima de segundo no podríamos apreciarlo y si durase un mes volvería loco el clima y seguramente también a nosotros. Excepcionales, por tanto.

Pero claro, si luego decimos que en un área relativamente pequeña como la Península viviremos uno en 2026 y otro en 2027, con menos de un año de diferencia, pues ya no parece un fenómeno tan excepcional, ¿no? ¡Todo lo contrario! ¡No sólo la compleja relojería celeste nos regala un eclipse total, sino dos!

Así que con esta agenda por delante, con ambos eclipses en agosto y uno de ellos en el sur, parecía probable que al menos uno se dejase ver en su plenitud: ¡al fin voy a poder tachar de la lista la entrada que dice Eclipse solar total!, pensaba.

Tras años de lectura de libros de astronomía, las fases del fenómeno las tenía ya resabidas y sólo quedaba preparar la sesión de fotografía. Capturar el eclipse no era mi objetivo principal, por lo que la tarea consistió sobre todo en automatizarla todo lo posible. La prioridad era vivir, en familia, el momento. Mis compañeros Pepa y Jesús de tiempodeestrellas 📷 ya se habían encargado de transmitirme su experiencia en los múltiples eclipses que habían cazado y tuve claro que quería sentir lo que ellos expresaban. O al menos lo que fui capaz de entender en ese momento. Pero por muy preparado que creyese estar, no tenía ni idea de lo que venía. La totalidad es descriptible, pero intransferible. Tienes que verla por ti mismo, como diría Morfeo.

Tras el primer contacto, nada nuevo para quien ha visto algún eclipse parcial. A mi alrededor, el fenómeno se percibe como una simple curiosidad que se presta a unas risas y algún selfie a costa de lo ridículos que nos vemos con las gafas, que están homologadas para la observación, pero no son precisamente de diseño. Un Sol recortado al que mirar de rato en rato mientras se conversa de cualquier cosa. Casi una especie de excusa para quedar.

Pero ese recorte sigue avanzando, cada vez con más fiereza, y conforme el Sol va menguando, la expectación va creciendo. Esto va en serio. Los nervios van aflorando según la luz se vuelve plomiza, como en un día nublado, pero arrojando sombras; es una iluminación misteriosa, cinematográfica. "30 segundos para quitar filtros", me chiva una voz artificial al oído. Alertas de voz configuradas en el móvil con los instantes de interés para la sesión de observación y para operar el equipo fotográfico, que me llegan por un auricular inalámbrico. Me preparo para retirar los filtros de las cámaras. El que los volvería a colocar dos minutos después ya no sería exactamente la misma persona.

En 2017 pude ver por primera vez la aurora boreal. Bajo aquella cortina de luz irreal no podía parar de gritar y saltar. Aquello era un sueño hecho realidad, luces inundando todo el cielo, ondeando y danzando suavemente, con alguna pirueta inesperada.

Eclipse total de Sol del 12 de agosto de 2026 desde Pesquera de Duero (Valladolid). El paisaje corresponde al momento del máximo, al que se ha superpuesto la secuencia de las fases parciales, capturada con filtro ND5.0. Imagen del autor.

Pero en este momento del eclipse, cuando levanté la vista y alcancé a ver la totalidad, me quedé mudo. Petrificado. Cortocircuitado. Las mejores descripciones del fenómeno que había leído o escuchado decían de sí mismas que se quedaban cortas, y tenían razón. Ésta que sigue no aspira a más. Dejando de lado la imponente protuberancia solar que asomaba por el margen lunar, visible a ojo desnudo pero para la que mi agudeza ya no daba más de sí, esa corona... Esa abrumadora corona, mucho más brillante de lo que hubiese esperado jamás, y con un cierto tinte ¿¡dorado!?, en torno a ese círculo negro abismal... Ese girasol sobre un jarrón de azul crepúsculo, ese atardecer perfecto a ambos lados que se perdía a mis espaldas... Un Venus adiamantado reclamando atención como estrella vespertina en ese efímero atardecer. Y todo empezó a ponerse borroso, así que rápidamente una voz interior me dijo "para ya de llorar que te lo pierdes". La voz en mi oído quiso también ayudar a cortar el rollo con el metálico aviso de que quedaban "30 segundos para máximo". A pesar de sus miles de millones de años, ¡esa tarde el universo tenía mucha prisa!

Pude recomponerme lo justo para volver a ver con nitidez, disfrutar del espectáculo con la familia, y de atender a la voz en mi oído cuando me ordenó poner los filtros en las cámaras. Ninguno de los presentes estábamos preparados para lo que vimos, y quizá yo el que menos, aunque paradójicamente era el que más tiempo de estudio le había dedicado. Abrazos y más lágrimas que dejan claro que no se puede simplemente tachar Eclipse solar total de la lista: no sólo las circunstancias locales de cada eclipse son únicas, también lo es el factor humano. En todo caso, en la lista le podemos poner al margen el primer palote.

No llegué a ver ni Júpiter, quizá por la extinción atmosférica, ni Mercurio, posiblemente ya oculto tras un páramo. Tampoco Régulo, y es que el cielo no llegó a oscurecerse tanto como para dejar relucir las estrellas más brillantes. Aunque todo fue tan rápido que casi no tuve tiempo de nada... En las fotos sí he podido localizar, a posteriori y a duras penas, Régulo, Algieba y Júpiter, y se puede ver el avance de la sombra de la Luna en el cielo.

Tras la puesta de Sol, todavía ligeramente eclipsado, recogía el equipo pensando que ninguna foto es capaz de transmitir la experiencia -ojo que lo digo con toda admiración a las fotos de eclipses-, y esto incluirá también a las que -con suerte- salgan de mis cámaras. Son postales, souvenirs encajados en márgenes, un producto que sirve para evocar el recuerdo de la totalidad. Por si no era ya lo suficientemente excepcional, el fenómeno encaja a la perfección con nuestra capacidad de acomodarnos a un rango amplísimo de iluminación, de apreciar detalle y conjunto.

Las semanas previas miraba a la Luna y pensaba "la próxima nueva será el eclipse". Ahora la miro de de otra forma, que todavía no puedo explicar.